Archivo de la etiqueta: Mario Perniola

El cuerpo como una cosa que siente

Sexting

Encontró en la experiencia común el sentir del relieve que adopta el mundo al percibirlo socialmente. El sentir del deseo estimulado, el tacto visual. El propio cuerpo percibido como un vestido. Las tensiones de su ser orgánico. Una especie de mecanismo poético conectado; la palabra visual, la expresión de un estado de ánimo; la manifestación de una voluntad que nos permite anticipar –lo poético– lo genuino en la piel del ser contemporáneo, tan repleto de artificio.

Las comunicaciones se volvieron multimedia y ubicuas y con ellas la imposición actual de aquellas experiencias que generan dependencia. Una anticipación que es a su vez su propio culmen y su superación. Una inspiración desmesurada y excesiva, filosofar –tan adictivo como las drogas–, necesidades difusas que sólo pueden satisfacerse de un modo provisional e inestable. «¿Cómo puede la actividad intelectual, por ejemplo desde la filosofía, y la corpórea, por ejemplo desde la sexualidad, mantenerse y sobrevivir sino es sosteniéndose la una a la otra, dando origen así a una nueva experiencia?» se pregunta Mario Perniola, en El sex appeal de lo inorgánico (Trama editorial).

No estamos enfrentando el mundo divino y el mundo animal, sino el mundo sin alma y opaco de las cosas. La filosofía y la sexualidad, su ayuntamiento, en la experiencia de darse (el cuerpo) como una cosa que siente y el tomar, como una cosa que siente (el cuerpo), creando un estado afín, provisional, inestable. De la utopía de la completud despreocupada de todo lo que no sea la prosecución infinita de placer sensual, resurge una sexualidad más neutra –infinita– que impone una dependencia –infinita– porque se sustrae a los ritmos y a las alternancias biológicas y su fugaz devenir en el tiempo; construida por el filosofar y nutrida del impulso excesivo de lo sexual. Convertidos en cosas que sienten, vacilo, siento temor y me resisto a nuevos escenarios cuyo protagonista ya no será Dios, ni el animal, ni mucho menos la mujer o el hombre, sino las cosas.

Jennifer Lawrence

Jennifer Lawrence

«Cuando encontráis la realización de la cosa que siente en el cunilingus o en la felación de vuestra pareja, cuando advertís en el despliegue del filosofar el movimiento imparable que os lleva a chupar el coño, la polla o el culo de vuestra pareja convertida en una extensión neutra e ilimitada, cuando vosotros mismos ofrecéis vuestro cuerpo como un paisaje vasto para que lo recorran las manos, los ojos, la boca de vuestro amante, cuando no os interesa ni excita ni atrae otra cosa que repetir cada noche la ceremonia de la doble metamorfósis de la filosofía en sexo y del sexo en filosofía, entonces tal vez habréis alineado vuestros cuerpos, festejado el triunfo de la cosa sobre el todo, la mente y el cuerpo a las extremas regiones de lo no viviente, a las que tal vez aspiraran desde siempre», Mario Perniola.

A partir del momento en que la ciencia ficción introdujo entre el ser humano y el robot figuras intermedias que presentan aspectos tanto del uno como del otro, se abrió toda una vasta problemática que remite a la naturaleza de un sentir que no es aún plenamente humano (replicante, androide, simulacro), o que no es ya del todo humano (cyborg). Esta sexualidad nueva, desconocida, abre nuevas dimensiones que no constituyen mutaciones antropológicas pero, nos suspenden en una virtualidad diferente tanto del dato como de la imaginación: el cuerpo que está entre mis brazos es tan verdadero como el que veo. Una realidad virtual, pero no en el sentido en que normalmente se entiende de una experiencia ilusoria, imitada, simulada; sino el ingreso en otra dimensión, por así decirlo, ontológicamente distinta. Diferente a todas las cosas que existen. Sigue siendo un pseudoanimal y un semidiós; no se alejará del funcionalismo del orgasmo en el éxtasis corpóreo pero lo irá integrando en una sola experiencia: el orgasmo extendido, neutralizado en un éxtasis más amplio y duradero.

Aceptará el enriquecimiento que experimenta su cuerpo, en tanto que cosa que siente; capaz de apreciar en su infinita posibilidad la fuerza transgresora de esta idea: que entre lo virtual y lo real no existe diferencia real o virtual para nuestros cuerpos. A pesar de la insistencia en relatarlo, retratarlo, enseñarlo, darlo como una cosa que siente. Una desexualización de los órganos sexuales y, recíprocamente, la sexualización de otros órganos; como si liberados de su dependencia funcional, se volvieran capaces de una sensibilidad autónoma y una mayor libertad de relación. La verdadera oposición no es entre alma y cuerpo, sino entre vida y vestidura. La belleza de los cuerpos, su género, su edad, carecen de importancia. Lo que cuenta es su disposición y aptitud para cubrir y ser cubiertos, para vestir y ser vestidos, par envolver y ser envueltos en trajes carnales, que ya no pueden distinguirse de otros trajes, ropas o tatuajes, que habitualmente la ocultan.

La excitación sentida como algo que se añade al cuerpo como un vestido, estimula formas de pensar esta nueva sexualidad desde el fetiche: que, aunque por un lado ofrezca toda una vertiente caricaturesca –nos ayuda a reírnos de nosotros mismos–, reúne los requisitos que iluminan el meollo del vínculo entre filosofía y sexualidad –nos ayuda en nuestra trascendencia–; que hoy es posible captar y desarrollar distinto gracias a los medios integrados que tenemos a disposición, ubicuos, y a la forma en que nos conectamos a través de ellos. El fetiche no como un Dios o una Diosa, no como producto de la divinización de un modo de ser humano ni, la materialización de un ideal de perfección: al contrario, algo más bien anicónico, ajeno a toda sensualidad cualitativa: si todo puede convertirse en fetiche y todo puede dejar de serlo, entre todas las imágenes, la que me envías a mi; entre los millones de fotografías, la tuya.

Transita de entidad en entidad según su deseo y según el deseo de otros. Significándolo todo con una implacable universalidad rectificatoria. Abstracciones externamente tangibles actuando desde la magia sobre la idea de Dios, buscando suscitar efectos y experiencias que el ser humano no es capaz de generar por sí sólo. Confunde los límites entre la acción escénica y la cotidianeidad porque sus comportamientos corrientes son entendidos como representaciones y los hechos, como algo teatral modelado en las conductas y los rituales de la vida real. La actitud performativa pues, traspasando todo límite e impregnado la existencia entera. Su color de la esperanza de su sentir contemporáneo, verte.

Anuncios

El sex appeal de lo inorgánico

Leer a Mario Pernola «Cuando el arte se vuelve política». Click en la imagen.

Leer a Mario Perniola «Cuando el arte se vuelve política». Click en la imagen.

Ensayos recogidos que giran alrededor del hombre y la mujer, como meras cosas que sienten; a un paso de cambiar una sexualidad orgánica y orgiástica basada en la diferencia de los sexos y guiada por el deseo y el placer, por otra neutra, inorgánica, sustentada en una excitación abstracta e infinita, siempre disponible, y sin reparos en lo que se refiere a la belleza, la edad y, en general, a la forma.

«Darse como una cosa que siente y tomar una cosa que siente es la nueva experiencia que se impone al sentir contemporáneo, experiencia radical y extrema que tiene su fundamento en el encuentro entre la filosofía y sexualidad, y que constituye, sin embargo, la clave para entender muchas y dispares manifestaciones de la cultura y del arte actuales. Lo que suscita inquietud y constituye un enigma es precisamente la confluencia en un único fenómeno de dos dimensiones opuestas, como el modo de ser de la cosa y la sensibilidad humana: aparentemente las cosas y los sentimientos ya no se combaten entre sí, sino que han establecido una alianza gracias a la cual resultan casi inseparables y a menudo indistinguibles la abstracción más distante y la excitación más desenfrenada. Así, del acuerdo entre el extremismo especulativo de la filosofía y la invencible potencia de la sexualidad nace algo extraordinario en lo que se reconoce nuestra época: en la línea de Walter Benjamin, podemos llamarlo el sex appeal de lo inorgánico».

Mario Perniola, El sex appeal de lo inorgánico, publicado en 1998 por Trama Editorial.