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El patrón del mal

Escobar, el patrón del mal

Escobar, el patrón del mal

A propósito de  Fargo, comentaba que «Quizá el tema no sea cómo participa el público de estas experiencias, cómo se involucran, cómo devienen fans, sino cómo perciben, como ven, como leen el resto de las cosas de la vida real, después». La audiencia, que conoció los hechos por los medios, que los vivió en su propia piel, ¿percibe la vida del mismo modo después de la ficción? ¿Somos como leemos? La ficción, como la vida misma. La vida misma, como una ficción. ¿Cómo así éstas narrativas, qué empuje discursivo nos proponen, cómo nos afectan a una audiencia… fibrilada en lo virtual como nunca antes en la historia de la humanidad?

Fargo, me llevó a preguntarme «qué papel jugarán esos desarrollos argumentales en la humanidad a medida que evoluciona la clonación humana, lo cyborg, la inteligencia artificial». Escobar, el patrón del mal, en cambio, es perfecta para plantearse el relato de la Historia de nuestra sociedad contemporánea… en Colombia, y en el conjunto de nuestra civilización occidental. La cocaína, es un tema globalizado. Me acompaño de tres nombres propios que han hablado sobre esta serie (entre muchos otros, por supuesto): Hernán Casciari, de quien rescataré algunas citas, y Elvira Lindo y Mario Vargas Llosa como marco de referencia. Tres reflexiones interesantes que nos ofrecen tres miradas particulares: la del mirante contemporáneo, provocadora y sin complejos, la de la mirante que se declara adicta a las series, y la del intelectual tradicional.

Hace poco más de un año, a propósito del fallecimiento de James Gandolfini, comentaba:

Del sentido humano nacen muchas veces sentimientos que no podemos explicar con el lenguaje. Lo que percibimos por los sentidos deriva en ocasiones hacia emociones que sobrepasan el entendimiento. Y como en los sueños que todos reconocemos, algo que sabemos no es real imprime una huella en la amplitud de nuestra conciencia. Algo inimaginable, ni pensado a propósito, descansa lleno de un vacío asombroso hasta que lo iluminamos con la experiencia humana.

La experiencia, lo que hacemos con lo que nos ha pasa, deja una huella de lo que somos. No puede sorprendernos tanto que sintamos divina, esa gran casa que es el alma humana, ese lugar común del deseo de vivir –tan obstinadamente intenso– que acoge toda nuestra entidad inmaterial. Eso que nosotros, espacialmente trajeados homo sapiens sapiens, tan limitados por nuestras facultades físicas y tan frágiles, más incluso que los perfiles de nuestras diferentes concepciones de ser civilizado, conocemos como el amor. ¿Es humano lo divino es divino el ser humano? De esas relaciones se ocupa el Arte. Y los artistas. Personas que trabajan en representar las cosas más allá de sus límites reales Y el público. Gente dispuesta a sentir, a emocionarse, a enamorarse, a comprender más allá de la representación, a aprehender lo evidente mismo de la realidad y sus representaciones. Y vivir con ello.

Con una parte de la humanidad conmocionada por el reciente fallecimiento de James Gandolfini, actor del conocido personaje Tony Soprano, uno se pregunta cómo es posible ese amor entre una audiencia y un profesional de la interpretación, a través de la encarnación de un personaje, asesino profesional en este caso, que realmente no querríamos como vecino. O sí: observando las reacciones que ofrecen y relatan los medios de todo el planeta: el sincero sentir de una pérdida. ¿Es Tony Soprano un ser humano o inhumano? ¿Por qué amamos tanto a los malos de las películas? ¿Qué nos fascina del mal, de su representación y hasta de su ejecución misma?

Cuando se es consciente, no sólo de la facilidad con la que el ser humano da y quita la vida de otros seres humanos, sino de la crueldad y constancia con la que es capaz de hacerlo, no se puede esconder al conocimiento, lo inhumano de lo humano. Y como en un juego de infinitas permutaciones, identificar grados de maldad en el bien, y grados de bondad, en el mal. Pero, ¿con qué finalidad? ¿Era la vida de Tony Soprano una vida humana llena de acciones inhumanas o era una vida inhumana, con acciones de humanidad… De modo tan fascinantemente hiladas alrededor de un relato de ficción, realista como un espejo del mundo en que vivimos?

Raro eso de fascinarse con relatos de la gang fiction mientras en la realidad la sociedad insume enormes recursos en darles caza, detenerlos, juzgarlos y meterlos en prisión mientras intenta desarbolar sus organizaciones, cuando no ejecutarlos sin juicio previo en una balacera policial. Entonces, uno termina dudando quién representa qué.

¿Qué tiene de particular esta serie Escobar, el patrón del mal? Hernán lo resumen en un tuit: «Ese es el gran problema con esta historia increíble. Que no es increíble». El guión de esta serie está basado en la novela «La parábola de Pablo», del ex alcalde de Medellín Alonso Salazar, y fue supervisado por Camilo Cano, hijo del ex director del diario El Espectador Guillermo Cano, asesinado en 1986 por Pablo Escobar; y, la productora ejecutiva de la serie, Juana Uribe, es sobrina de Luis Carlos Galán, candidato a la presidencia de Colombia en 1990, asesinado por Pablo Escobar.

Siento la misma emoción que Hernán: «Jamás había oído nada igual. Escenarios reales, guionistas que a la vez son familiares de las víctimas, parlamentos extraídos de escuchas telefónicas o de testimonios judiciales… Me puse a hacer memoria y no recordé un proyecto de ficción que recrease un tema social tan doloroso y candente —con tanta verosimilitud— en la televisión de ningún país. Lo más cercano que encontré es «Treme», donde David Simon plantea un editorial político sobre la gestión administrativa tras la catástrofe del Katrina en Nueva Orleans. Pero allí hay actores que componen personajes de ficción. En cambio en «El Patrón del Mal» Pablo es Pablo, se parece a Pablo y piensa lo que Pablo pensaba. Esa novedad expuesta de tal modo, en el epicentro del dolor de un país, no la había visto nunca jamás. Debemos quitarnos el sombrero ante la valentía de la cadena Caracol para llevar a cabo este desafío (que podría haber salido muy mal), pero sobre todo hay que admirar la madurez del público colombiano para sentarse a ver, de lunes a viernes y durante ciento trece noches, su última gran tragedia social en alta definición y narrada de una forma cruda».

Como Hernán, me quito el sombrero por la valentía del público colombiano, en primera instancia, por sentarse a ver durante “ciento trece noches”, su gran tragedia (no sé si última, porque el país ha seguido bastante por esos derroteros, tras la muerte de Pablo escobar). ¿Qué tiene que decir una sociedad, la colombiana en este caso, pero la cuestión podría ser extensible al conjunto de nuestra civilización occidental, que toleró que una parte de sus ciudadanos viviera en una pobreza, en una miseria tal (no sólo económica), que llegado el momento, facilitara que un drama como este encontrara tanto apoyo? Lo que acontece en el Medellín de Escobar, lo podemos encontrar en Corleone, Sicilia, narrado en El Padrino, de Mario Puzo, llevada al cine por Francis Ford Coppola… y en tantos otros lugares. ¿No son ejemplos suficientes de lo que sucede, más temprano que tarde, cuando una parte de la ciudadanía queda fuera del abrigo del Estado, cuando un Estado no abarca el conjunto del territorio de su nación?

Nada de lo que posibilitó que un tipo como Escobar llegara a ser lo que fue se explica sin dos cosas: un cristianismo decadente y una sociedad profundamente corrupta. Porque incluso, la parte de la sociedad, digamos, que funciona, es corresponsable de fenómenos como éste: porque cuando llegan y te matan, es tarde: significa que antes mataron a muchos, pero que no importó. Estamos pues ante un relato audiovisual armado para facilitar que toda una ciudadanía pueda aprehender y reflexionar sobre su propia historia reciente. Se agradece cuando el talento y la creatividad, la valentía y la determinación, trabajan y consiguen recursos (humanos, técnicos y financieros) para una empresa de esta magnitud… Y se agradece que el público responda con interés, su mirada y su capacidad de leer entre líneas (aunque de esto último, tengo dudas).

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