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Los simuladores

Una forma de pensar que acentúa el papel de la razón y de las redes exocerebrales en el acceso al conocimiento, que subraya la experiencia sobre todo el sentido de la percepción como fuente de inspiración, nos empuja como seres humanos en los tiempos que vivimos. Buenos días para las relaciones entre personas que cuentan, que saben contar, que son tenidas en cuenta, y con las que se puede contar. Redes de gente afectadas por los profundos cambios que viven nuestras sociedades, depuran continuamente sus historias y sus acciones por el impacto de lo real. Ideas diferentes procedentes de distintos campos combinadas para dar nuevas, empapan nuestras circunstancias cotidianas sin que podamos impedirlo. Es fascinante.

Los simuladores es una serie de televisión argentina sobre un grupo de cuatro socios que mediante operativos de simulacro sofisticados resuelven problemas de gente común. La serie se emitió en Argentina por el canal de televisión Telefé en dos temporadas; la primera en 2002 y la segunda en 2003, obteniendo altísimos niveles de audiencia. A contrapelo del pensamiento políticamente correcto omnipresente en cualquier programa de entretenimiento, la serie no realiza ningún tipo de juicio ético o moral sobre el accionar del grupo; si bien es cierto que Los simuladores manejan su propio concepto de justicia.

En palabras de su creador, Damián Szifrón: «el postulado general sería que muchas veces lo justo es ilegal y lo injusto es legal. Y que ellos están para ordenar un poquito eso. Son invasivos, violan absolutamente cada una de las reglas que hay para violar, pero siempre el fin es noble. Son justos, pero políticamente incorrectos. Una de las cosas más interesante de esta producción argentina realizada –conviene tenerlo en cuenta– poco después del sonoro corralito, es que obligados por el escaso presupuesto con el que trabajaron, las diversas actividades que realizan los personajes no ocultan el artificio. Resaltar el carácter artificioso de lo que sucede en pantalla, estimulando la participación del espectador para dejarse arrastrar e introducirse en el terreno de la ficción (que bien podría ser el de su realidad, como le pasa a muchos de los personajes en las aventuras que nos proponen… creen que es real, y lo es).

El resultado son una serie de historias atractivas. Sostenidas por un conjunto de interpretaciones excelentes –todos y cada uno de los que aparecen en cámara están perfectos– de unos personajes complejos, ricos en matices. Los simuladores utilizan mínimos recursos para llevar a adelante sus trabajos y el ingenio y la creatividad son explotados hasta límites ridículos. Demostrando que no son necesarios enormes costos de producción para obtener un producto excelente.

Capítulo a capítulo, desfilan una serie de problemas que podrían ser como los suyos y los míos; y capítulo a capítulo, estas personas, los simuladores y su grupo de colaboradores, crece y crece a medida que se van sucediendo los casos. Fibrilan redes de soluciones que resultan bastante plausibles. Pretextos que hacen posible una sinfonía de detalles preciosos, nacidos de los puntos débiles de nuestras representaciones personales. Como si lo real en el artificio fuera en sí artífice de realidades; como si el teatro, fuera de sus paredes, también fuera un artilugio poderoso.

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