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Balompié

Si existe una palabra que al pronunciarla nos invade de sensualidad y ritmo, esa es balompié. Un estado del ser, una locura, un comportamiento que nos marca a todos. La primera libertad de muchos silencios, el poder decir que los dioses están con nosotros, el grito arañado desde las tripas que nace de lo más hondo y negro del corazón y que, como una borrachera alucinógena, tiene a veces el amargo sabor de la derrota y a veces la euforia onírica del triunfo. Un poder de seducción ante el que ningún espíritu sensible puede mostrarse indiferente, el balompié es una de las pocas artes en las que podemos ser espectadores del instante creador, con sus frecuentes y deslumbrantes improvisaciones que envuelven los sueños en una luz misteriosa. No es extraño que haya seducido al mundo entero con su magia, sus historias valientes y violentas, retratadas de forma memorable por la televisión, la radio, la prensa y tras ellas, la industria. Tantas y variadas sensaciones imposibles de olvidar. Todo el desplante de la cotidianidad moderna, con su particular entusiasmo bien soportado, tiene entrada en este fascinante deporte en el que cabe el aullido arruinado del que ha perdido el juego, el bostezo indeciso del que ya no sabe a dónde va, el suspiro de los que se sienten desbordados, las almas de los suicidas que se aferran al partido siempre del siglo. Sigue leyendo

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Hago con lo que me pasa

Luego es así que suceden las cosas. No quedándonos sentados unos frente a otros encerrados en el habla. No quedándonos sentados escuchando y mirando lo que pasa, sin intervenir. Tampoco la necesidad de que venga un Líder, un Dios no importa si colgado de una grúa, y meta orden y concierto y así sentirnos complacidos. No espero que un acontecimiento repentino me imponga nuevas necesidades aunque internamente me parezcan incoherentes. Sé que no va a venir ningún héroe en el último momento, la inesperada carga de caballería, el oportuno eclipse, o la sorprendente necedad del villano perdiendo el tiempo contándome sus planes. La cantidad de causalidad que soy capaz de soportar determina el alcance de mi narración, lo que hago con lo que me pasa.