Archivo de la categoría: El lugar del deseo

Entre lo fantasmagórico y lo perverso

fecunda todo cuanto vive en nosotros
una y otra vez retornando en miles de renovaciones y cambios
el calor de un hecho cósmico que evoluciona en diversos estadios
como una expresión absoluta de unidad
el milagro de ser en la totalidad
el tránsito superficial del egoísmo en su propia búsqueda
ligado a la sublimación de la ternura
convencido de experimentar el más amplio deseo
el cuerpo engendrado en la existencia personal
la vivencia corporal, como punto de partida
apenas amor, la experiencia menos distante que conocemos
su banal realidad

la más incontable de las posibilidades, remota y lejana
desconocida fluye entre adornos, incansable
el estallido que festeja todo el entusiasmo
el delirio de la posesión corporal, el juicio de la conciencia
la muestra como algo bello
entre lo primitivo y lo extraordinario

una creatividad atávica asoma desde la infancia
una experiencia que requiere refugio y amplitud
saca su fuerzas desde lo somático y se abre a las más profundas sensaciones conscientes
fluyendo entre lo fantasmagórico y lo perverso
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El abrazo es como el sol

Como al sol en sus ramas la imagen
del fotón de una tarde nos sitúa
en el mismo lado del mundo
un abrazo juntos

ese encuentro delicado
qué violeta la flor en ese cruce
entre el ocaso de la luz y su perfume
la ruta de un nosotros en un mapa

de los abrazos y sus sensaciones a pesar de ciertos hitos
personales, viajantes que mueven experiencias
coordenadas espejismos de sus casas
qué recorre el camino que al andar responde

celebro el azar, con sus colores que mantiene vivos
mi memoria, la casualidad que teje signos a quienes emprendemos
el abrazo, el viaje más hermoso de todos maravilla los encuentros
lo cálido del espacio de las distancias increíbles

 

sonrojados en el país del día a día pero juntos
bailando en el abrazo de esos instantes
robados al ajetreo celebro esos rincones
que mires en mi y que yo, pueda sentirlo

qué andarás haciendo justo ahora
cuando el pulso haga vibrar la sorpresa
que volví de nuevo a tu ventana.

Completudes

Desvelamos nuestro proceso creativo a través de la palabra. Protagonistas de esta arriesgada aventura nos reencontramos y como artistas, tratamos de pintar desde la voz escrita casi como una necesidad; temas que se abrazan y se relacionan.

Cuántos contrastes. Quizá el más sugerente de todos tiene lugar cuando tratamos de expresar el presente que se escurre entre los dedos de forma inteligible. Como al pintor, que se afana en pintar los reflejo de los rayos de sol de una tarde de otoño sobre las hojas de un membrillo. Hablar de una cosa es no hablar de todas las demás. Cuanto más queremos decir menos hablamos y cuánto más hablamos, menos decimos.

Queman en la garganta borbotones de cosas que le gustaría contar y a la vez, un suave deseo de guardar silencio. Querría hablar de mil cosas, y no decir nada. Un todo de luces y sombras que se iluminan y se ensombrece pero nunca al mismo tiempo; pasamos el día entre cegados por luces reveladoras y ciegos por falta de entendimiento.

La exaltación de corazón

El poeta loa el corazón como la casa del amor y las mejores virtudes y la señala con su abanico de significados para que reviva y reavive, su idea de sí en cada uno de nosotros, como parte del continuo amoroso de la humanidad. El científico también lo señala, pero como objeto de ciencia; con significados que proponen otras vías de enamorado. Si resulta que somos capaces de verlo y leerlo como una experiencia poética y científica, desarrollamos una conciencia más amplia de las cosas y de las relaciones que definen y sostienen lo que sentimos. Y así hasta el infinito con sus capas religiosas, estéticas, musicales, geológicas, astrofísicas, cuánticas, sociales, eróticas, políticas y económicas… El corazón sigue ahí viviendo la vida mientras su significado, parece infinito pero limitadamente comunicable. Por eso estamos, realmente tan solos. Es la exaltación una forma de acompañarnos en el sentido de vivir. Una manera de ser en la narración que vivimos en primera persona con sus interminables monólogos interiores, sus fobias y sus filias. Hitos que nos ayudan a reconocer en el camino, sus atalayas.

El sueño de Hester

Hester Scheurwater (1971)

Hester Scheurwater (1971)

Hester se retrata a sí misma como objeto de una investigación crítica con el papel de la mujer como un objeto sexual. Posa frente a un espejo buscando captar la apariencia externa de ese cuestionamiento crítico interior. Nos habla de que es su forma de reaccionar ante las imágenes que proyectan los medios de masas, constantemente llamando a nuestra imaginación con sucedáneos, sin autenticidad; sin la intención de ser tomado demasiado en serio tampoco.

Scheurwater busca revertir el efecto de esta convocatoria con sus reacciones orientadas a cambiar la relación de sujeto-objeto, pero sin ser víctima de ella. Un punto importante la no violencia en un trabajo sexualmente explícito que plantea discusiones sobre la supuesta sexualización de la sociedad.

Interesa su arte al feminismo, que lo comparte; se expone a nivel internacional y eso es una ayuda guía para los mirantes de este siglo nuevo; desvela, nos muestra; descubre una forma de ser en el lugar del deseo: no necesariamente el de un varón. Una fricción visual caracterizada pero despersonal de alguien que se expone, pero para consentir a otra persona; como instrumento para tomar envión y ser parte del otro. Nunca somos más sinceros que cuando representamos; nunca tan ciertos como cuando somos ficción.

Hester Scheurwater es artista; y reconocida como tal y por lo tanto, se dirige al montón: su imagen es para todos los públicos y multimediática: no distingue entre mi ego, yo, nosotros y todo el mundo. Y ahí radica la sigularidad de su atractivo: la experiencia de su obra puede continuar como algo propio; podemos reproducirla en nuestra intimidad –ser obradores de arte y ensayo– como casi siempre no sucede con la escultura, la pintura, la danza, el cine o la literatura. No sólo nos lleva, nos trae y prosigue el relato, sino que nos permite ser contados, ser cuento, y soportarlo; ser don, y dádiva.

Hester pone en nuestras manos volverlo algo personal, transferible pero sólo para tus ojos; esos ojos que me quieren mirar; esa mirada que quiero llamar para que nos veamos. Su arte nos enseña una manera de ser hoy en el erotismo; ocupar un campo visual en la curiosidad erótica de otra persona, o de otras personas, Fotograma de una experiencia audiovisual que continuará por los medios que cada uno tenga a mano.

Hester Scheurwater (1971)

Hester Scheurwater (1971)

 

Maratón de retratos

Una experiencia para nuestra adicción contemporánea de imaginar que recuperaremos los momentos de la vida por volverlos imagen cuando su sentido es inmediato. La imagen, lo que representa para nosotros, tan auténtico como la vida misma y nosotros, meras cosas que sentimos. Vivir esos momentos sí, pero para que puedan ser recreados después; y perdurar en la imaginación con otros, en otros; en otra parte sensual que ya no es la realidad que compartimos con los sentidos. Lo eternamente del aquí y el ahora, el olvido de las mil palabras del relato de quien observa y captura el instante en una imagen; alguien que observa, que escribe con la mirada, y que es capaz de soportarlo.

Las cámaras digitales volvieron la visión ubicua: en todas partes, en cada momento, seres humanos vuelven todo lo inimaginable, un pantallazo. Los equipos para fotógrafos llegaron por fin al gran público y este respondió con la fotografía de masas, con la foto masiva, con la captura de pantalla a mansalva. Y los teléfonos smart integraron esas cámaras; y gracias a que su pantalla para operar con aplicaciones se volvió un espejo fundamental de nuestros espejismos, cerramos el círculo poniéndonos a nosotros mismos bajo el foco de nuestros propios ojos; generando cacofonías divinas en la escritura y lectura de nuestra identidad. Un enredo delicioso en la emisión y recepción de nuestra manera de ser; ruido simpático en el habla y empático en la escucha; con el cosmos o con la conciencia o con Dios. Una galaxia de egos girando sobre sí misma, divinamente, comiéndose la cola.

Ser una obra en exposición por un breve lapso de tiempo en una galería moderna de Barcelona; objeto de arte fugaz por la mirada del artista, que te dará obra a cambio sin deseo de lucro y con un fin trascendente: la mirada de un fotógrafo que no te conoce pero que es experto en mirar, pondrá en tus manos gracias a un intercambio justo y directo lo que reconoce de lo que le muestras, lo que ve de lo que eres. Inaccesible por lo general, salvo en esta ocasión del Maratón de retratos en que, además, podrás ver los distintos planos de su labor. Un esfuerzo del galerista, pausa en su programación cultural, una disposición técnica y profesionales muy buenos en lo suyo, con ganas de bregar imaginativamente con el personal. Con ganas de disparar sobre todo lo que destaque sobre el blanco del lienzo.

El registro continuo de la sonrisa

Por Martín Caparrós / El País

Somos, ante la lente omnipresente, aparatos de producir futuro, de intentar definir nuestro recuerdo

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La era del ‘selfie’. Un turista, autorretratándose en Washington DC (Estados Unidos). / BILL CLARK (GETTY)

Durante siglos fue un arte para pocos. Después se transformó en una artesanía para muchos que lo hacían cada tanto. Ahora parece ser una tarea de todos, todo el tiempo: posamos, nos ponemos. Es el paso más reciente de la sociedad del espectáculo. Ya no solo miramos sin parar; ahora también tenemos que aprender a mostrarnos. El arte de posar es una novedad de estos años plagados de registro.

Nueve de cada diez personas cargamos todo el tiempo un aparato que registra. Teléfonos, los más. Y, como la máquina crea la función, documentamos sin parar. Dejamos de confiar en nuestros ojos. Así como ya pasamos de usar nuestra memoria –y recurrimos, en cuanto aparece cualquier duda, a esa memoria externa de la cultura actual, la Red en 4G–, tampoco suponemos que tenemos que usar la memoria visual y almacenamos en esos aparatitos las imágenes que alguna vez podríamos querer. Entre ellas, por supuesto, nada más habitual que las caras de los seres queridos y, primero entre pares, querido entre queridos, uno mismo.
–¿Viste la foto que te mandé desde la torre?

Somos, ante la lente omnipresente, aparatos de producir futuro, de intentar definir nuestro recuerdo. Somos memorialistas persistentes, componiendo el tipo para los que nos verán mañana o –esperamos– dentro de veinte años. Por eso es importante saber cómo mostrarse –cómo ponerse en el recuerdo, qué poses, gestos, muecas adoptar para ser alguna vez mejores que ahora mismo. Ir armando la propia historia que –cada vez más– será visual o no será.
–Uy, has visto al abuelito de tan joven. Si hasta era guapo…

Para eso lo primero es hacerse una cara: armar la cara ante el espejo ya de bitios, dibujarse la cara en cada foto. Aunque es muy fácil que la foto te traicione: que te muestre una cara que habías intentado, tan cuidadosamente, no ver nunca. Pero el intento insiste y la cara buscada, por supuesto, tiene que incluir una sonrisa. El futuro será sonriente o no será. La sonrisa es el mensaje que queremos darle: mirad, amigos –amigos es una palabra muy actual–, lo bien que vivo, o que he vivido.

En nuestra cultura de hedonismo inmediato, la sonrisa es la ganzúa que abre todas las puertas. Darwin creyó que la sonrisa formaba parte de nuestra herencia evolutiva, y que por eso se encuentra en casi todas las culturas. Colegas suyos descubrieron que los primates ya la usaban como una forma de comunicar intenciones pacíficas. Ahora es, en cualquier caso, el signo universal de todo bien, la estoy pasando bien, soy un poco feliz, contigo no hay problema.
Y no tenerla es sospechoso: alguien podría querer saber por qué, así que la ponemos. Con lo cual el signo precede a su significado: no sonreímos porque estemos contentos; sonreímos para que parezca que estamos contentos o sea: para estar contentos. Nunca el género humano ha sonreído tanto ante tan pocas gracias: whisky, tequila, cheese, patatapatatapatata. Las formas de lograr la apariencia de sonrisa se multiplican y confunden.

Hay que posar, hay que mostrar –a los parientes, los amores, los amigos de Facebook, el tiempo y sus edades– lo feliz que es uno. Hay que dejar registro. Solo que, más y más, el registro se hace casi continuo. Quizá lo sea tanto que al fin nos exima de posar, y habremos dado toda la vuelta: de no preocuparnos porque de todos modos nunca nos registraban, pasaremos a no preocuparnos porque siempre. Y los extremos –para volver el viejo dicho– se tocarán y placerán entre sonrisas.