Archivos Mensuales: enero 2016

Entre lo fantasmagórico y lo perverso

fecunda todo cuanto vive en nosotros
una y otra vez retornando en miles de renovaciones y cambios
el calor de un hecho cósmico que evoluciona en diversos estadios
como una expresión absoluta de unidad
el milagro de ser en la totalidad
el tránsito superficial del egoísmo en su propia búsqueda
ligado a la sublimación de la ternura
convencido de experimentar el más amplio deseo
el cuerpo engendrado en la existencia personal
la vivencia corporal, como punto de partida
apenas amor, la experiencia menos distante que conocemos
su banal realidad

la más incontable de las posibilidades, remota y lejana
desconocida fluye entre adornos, incansable
el estallido que festeja todo el entusiasmo
el delirio de la posesión corporal, el juicio de la conciencia
la muestra como algo bello
entre lo primitivo y lo extraordinario

una creatividad atávica asoma desde la infancia
una experiencia que requiere refugio y amplitud
saca su fuerzas desde lo somático y se abre a las más profundas sensaciones conscientes
fluyendo entre lo fantasmagórico y lo perverso
Anuncios

En los poderosos

moises

Moisés Naím

¿Qué les está pasando a los poderosos? se pregunta Moisés NaÍm, autor del libro The end of power, de donde ha sido adaptado un artículo para El País.

Presidentes maniatados. Magnates hundidos. Ejércitos impotentes. Obispos sin fieles. Nuevos actores desafían a los dirigentes tradicionales. El poder ya no es lo que era. Se ha vuelto más difícil de usar y más fácil de perder.

El resultado de los comicios en España ha sumido al país en una crisis de ingobernabilidad, obligados los interesados a forjar complejas coaliciones para poder gobernar. Las victorias electorales con grandes mayorías son cosa del pasado. A nivel mundial, la comunidad internacional no logra actuar para detener las matanzas en Siria o el calentamiento global.

El poder ya no es lo que era. Se ha vuelto más fácil de obtener, más difícil de usar y mucho más fácil de perder. Un ejecutivo puede celebrar su ascenso a la dirección de su prestigiosa compañía solo para descubrir que una empresa recién creada está arrasando con sus clientes. Un político que llega a primer ministro puede encontrarse maniatado ya que una multitud de partidos minoritarios bloquea sus iniciativas. Un general puede comandar un enorme y costoso ejército sabiendo que su moderno armamento es inútil frente a explosivos caseros y terroristas suicidas. Y el nuevo papa, Francisco, ya sabe que predicadores de nuevo cuño están arrebatándole su rebaño en África y Latinoamérica.

¿Por qué el poder es cada vez más fugaz? Porque las barreras que protegen a los poderosos ya no son tan inexpugnables como antes. Y porque han proliferado los actores capaces de retar con éxito a los poderes tradicionales. Una creciente clase media, mejor informada y con mayor movilidad, está haciendo más difícil el ejercicio del poder. El poder también se desmorona en los campos de batalla y las salas de juntas. El poder militar tampoco es lo que era.

Como no lo es el poder empresarial. Antes, presidentes y directivos no solo se enfrentaban a menos rivales y competidores, sino que además tenían menos restricciones a la hora de utilizar ese poder. Restricciones como los mercados financieros, una población con más conciencia política y más exigente, y el escrutinio de los medios de comunicación. Los poderosos, hoy, suelen pagar un precio mayor y más inmediato por sus errores.

Internet, con su fuerza supuestamente “democratizadora”, no es lo único que está erosionando el poder. Las nuevas tecnologías de la información son herramientas importantes, pero para que ejerzan algún efecto necesitan usuarios, y los usuarios necesitan dirección y motivación. Facebook y Twitter son fundamentales en las contiendas electorales actuales; porque las circunstancias son locales y personales: el desempleo y las expectativas insatisfechas de una clase media en expansión y mejor preparada, deciden.

Lo que está erosionando el poder tradicional son las transformaciones de aspectos básicos de la vida: cómo vivimos, cuánto tiempo y con qué calidad. Cómo trabajamos, nos movemos o nos relacionamos con nuestro entorno. Estos cambios se pueden agrupar en tres revoluciones simultáneas:

» La Revolución del Más. El siglo XXI tiene más de todo: más gente, más urbana, más joven, más sana y más educada. Y también más productos en el mercado, más partidos políticos; más armas y más medicinas, más crimen y más religiones. La pobreza extrema se ha reducido más que nunca y la clase media crece. Una clase media impaciente, mejor informada y con más aspiraciones está haciendo más difícil el ejercicio del poder.

El declive del poder abre nuevas oportunidades, pero
también plantea serias amenazas.
» La Revolución de la Movilidad. No solo hay más personas con mejor nivel de vida, sino que además se mueven más que nunca. Las diásporas étnicas, religiosas y profesionales están cambiando el reparto de poder entre las poblaciones y dentro de ellas. Personas, tecnología, productos, dinero, ideas y organizaciones tienen más movilidad, y por ello son más difíciles de controlar.

» La Revolución de la Mentalidad. Una población que consume y se mueve sin cesar, que tiene acceso a más recursos y más información, ha experimentado también una inmensa transformación cognitiva y emocional. Existe cada vez más consenso en todo el mundo sobre la importancia de las libertades individuales y la igualdad de género, así como más intolerancia al autoritarismo. La insatisfacción con los sistemas políticos y las instituciones de gobierno también es global.

Juntas, estas tres revoluciones están erosionando las barreras que protegían a los poderosos de sus rivales. La Revolución del Más ayuda a estos últimos a asediar esas barreras, la Revolución de la Movilidad les ayuda a rodearlas y la Revolución de la Mentalidad las socava.

¿Debemos celebrar este declive del poder tradicional? Claro que sí. Se han abierto más oportunidades para votantes, consumidores, jóvenes, mujeres y otros grupos tradicionalmente excluidos.

Pero no todo es positivo. La degradación del poder también plantea amenazas para nuestro bienestar, nuestras familias y nuestras vidas. Explica por qué Washington está bloqueado, por qué a Europa le cuesta actuar con eficacia ante los problemas económicos, por qué proliferan los Estados fallidos o por qué tantas decisiones urgentes se toman tarde y mal.

Ante el fin del poder tal como lo conocemos, nuestros tradicionales sistemas de controles y equilibrios —concebidos para limitar el poder excesivo— amenazan con transformar a muchos Gobiernos en gigantes paralizados. El tamaño ya no significa fuerza. La burocracia ya no significa control. Y los títulos ya no significan autoridad. Y si el futuro del poder está en la subversión, los bloqueos y las interferencias, ¿podremos recuperar algún día la estabilidad? Sí. Pero eso requerirá entender mejor las mutaciones del poder.