El cuerpo como una cosa que siente

Sexting

Encontró en la experiencia común, el sentir del relieve que adopta el mundo al percibirlo como algo social. Sentir del deseo estimulado, el tacto visual de la lectura. El propio cuerpo percibido como un vestido, con las tensiones de su ser orgánico. Un mecanismo poético conectado a la expresión de un estado de ánimo. La manifestación de una voluntad que nos permite anticipar lo genuino en la piel del ser contemporáneo, tan repleto de artificio.

Las comunicaciones se volvieron multimedia y ubicuas y con ellas la imposición actual de experiencias que generan dependencias. Una inspiración desmesurada y excesiva, filosofar necesidades que sólo pueden satisfacerse de un modo provisional e inestable: «¿Cómo puede la actividad intelectual, por ejemplo desde la filosofía, y la corpórea, por ejemplo desde la sexualidad, mantenerse y sobrevivir sino es sosteniéndose la una a la otra, dando origen así a una nueva experiencia?» se pregunta Mario Perniola, en El sex appeal de lo inorgánico.

La filosofía y la sexualidad, su ayuntamiento, en la experiencia de darse (el cuerpo) como una cosa que siente y el tomar, como una cosa que siente (el cuerpo), creando un estado afín, provisional, inestable. De la utopía de la completud despreocupada de todo lo que no sea la prosecución infinita de placer sensual, resurge una sexualidad más neutra porque se sustrae a los ritmos y a las alternancias biológicas y su fugaz devenir en el tiempo. Construida por el filosofar y nutrida del impulso excesivo de lo sexual, vacilamos, sentimos temor y resistencia a nuevos escenarios cuyo protagonista ya no es Dios, ni el animal, ni mucho menos la mujer o el hombre, sino las Cosas.

«Cuando encontráis la realización de la cosa que siente en el cunilingus o en la felación de vuestra pareja, cuando advertís en el despliegue del filosofar el movimiento imparable que os lleva a chupar el coño, la polla o el culo de vuestra pareja convertida en una extensión neutra e ilimitada, cuando vosotros mismos ofrecéis vuestro cuerpo como un paisaje vasto para que lo recorran las manos, los ojos, la boca de vuestro amante, cuando no os interesa ni excita ni atrae otra cosa que repetir cada noche la ceremonia de la doble metamorfósis de la filosofía en sexo y del sexo en filosofía, entonces tal vez habréis alineado vuestros cuerpos, festejado el triunfo de la cosa sobre el todo, la mente y el cuerpo a las extremas regiones de lo no viviente, a las que tal vez aspiraran desde siempre», Mario Perniola.

La ciencia ficción introdujo entre el ser humano y el robot figuras intermedias que presentan aspectos de ambos. Se abrió toda una vasta problemática que remite a la naturaleza de un sentir que no es aún plenamente humano: replicante, androide, simulacro; o que no es ya del todo humano: cyborg. Esta sexualidad nueva, desconocida, abre nuevas dimensiones: no constituyen mutaciones antropológicas pero, nos suspenden en una virtualidad diferente tanto del dato como de la imaginación: el cuerpo que está entre mis brazos es tan verdadero como el que veo.

Una realidad virtual, pero no en el sentido en que normalmente se entiende de una experiencia ilusoria, imitada, simulada; sino el ingreso en otra dimensión, por así decirlo, ontológicamente distinta. Diferente a todas las cosas que existen. Sigue siendo un pseudoanimal y un semidiós, no se alejará del funcionalismo del orgasmo en el éxtasis corpóreo, lo irá integrando en un éxtasis más amplio y duradero. Aceptará el enriquecimiento que experimenta su cuerpo, en tanto que cosa que siente; capaz de apreciar en su infinita posibilidad la fuerza transgresora de esta idea: que entre lo virtual y lo real no existe diferencia real o virtual para nuestros cuerpos. A pesar de la insistencia en relatarlo, retratarlo, enseñarlo, darlo como una cosa sentida y sensual.

Una desexualización de los órganos sexuales y, recíprocamente, la sexualización de otros órganos; como si liberados de su dependencia funcional, se volvieran capaces de una sensibilidad autónoma y una mayor libertad de relación. La verdadera oposición no es entre alma y cuerpo, sino entre vida y vestidura. La belleza de los cuerpos, su género, su edad, carecen de importancia. Lo que cuenta es su disposición y aptitud para cubrir y ser cubiertos, para vestir y ser vestidos, par envolver y ser envueltos.

La excitación como algo añadido al cuerpo como un vestido, estímulos y formas de pensar esta nueva sexualidad desde el fetiche que nos ayuda en nuestra trascendencia. Algo más bien anicónico: si todo puede convertirse en fetiche y todo puede dejar de serlo, entre todas las imágenes, la que me envías a mi; entre los millones de fotografías, la tuya.

Transita de entidad en entidad según su deseo y según el deseo de otros. Significándolo todo con una implacable universalidad. Abstracciones externamente tangibles actuando desde la magia sobre la idea de un Dios feliz, buscando suscitar efectos y experiencias que el ser humano no es capaz de generar por sí sólo.

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