¿Qué modelo de sociedad sustentamos?

Recientemente, la OCDE ha contabilizado en su zona a cerca de 17 millones de jóvenes que ni tienen empleo, ni estudian, ni reciben ningún tipo de formación (el denominado internacionalmente como grupo NEET), de los cuales aproximadamente 7 millones todavía buscan un puesto de trabajo, mientras que el resto ha dejado de intentarlo. Igualmente se ha identificado, como era de esperar, que los jóvenes que entran al mercado de trabajo prematuramente o con un nivel mínimo de estudios se convierten en el grupo más débil.

La epidemia de la escasez de trabajo no sólo afecta a España; se extiende a otros muchos países europeos, como es el caso de Gran Bretaña. Prácticamente extinguida su capacidad industrial de manufactura, todo su PIB se concentra ahora en el sector servicios, y no da para todos.

A escala europea, las medidas de choque que se proponen institucionalmente se centran en el diseño de programas de intervención en formación específica para recuperar perfiles poco cualificados y hacerles competitivos, siguiendo las experiencias de Dinamarca, Suiza o Austria. Y también, en poner en funcionamiento programas de asesoramiento y colocación muy personalizados para quienes tengan una hoja de ruta factible, siguiendo el modelo de Japón, Holanda o Dinamarca.

¿Activar ese tipo de políticas resultaría ser suficiente y eficaz para tratar de erradicar o aminorar la enfermedad? No me lo parece, continúo echando en falta una visión mucho más transformadora de los malos hábitos que nos han traído hasta aquí.

Es muy posible que más de la mitad de los seres humanos con más formación, talento e incluso genialidad que viven en la Tierra se encuentren ahora empleados en el mundo de los negocios. Esto implicaría que la imaginación más eminente de nuestra época se debería encontrar al servicio de la creación de empleo. Entonces, esta hipótesis convendría en un enunciado muy simple: las esperanzas de progreso deberían estar depositadas en la actividad de estos hombres y mujeres de negocios.

Sin embargo, el interés individual o privado no siempre coincide con el interés social o público. El interés particular por muy ilustrado que sea, no siempre es capaz de producir el interés público o el bien común. La experiencia ha demostrado que cuando un individuo actúa por separado persiguiendo sus propios fines, muy a menudo resulta ser demasiado ignorante o débil para lograr sus objetivos. Es por ello que surge el valor de uso de una agenda social viable que apoye a la persona, que le permita realizar su desarrollo individual a la vez que dicho desarrollo se asocia al progreso colectivo.

Es absolutamente necesario tener ambas agendas, la personal y la social, armadas con recursos y accesibles para todos, si queremos que nuestros jóvenes puedan sobrevivir.

En 1930, John Maynard Keynes confiaba en el progreso de la mentalidad social de las personas en detrimento de un individualismo imperfecto, y en el cambio técnico al servicio del interés público. Ambos factores necesitarían de unas instituciones que evitaran las guerras y los conflictos internos, unido a un control demográfico.

Keynes recurrió a la figura teológica del viejo Adán para evocar un tiempo en que la acumulación de riqueza no era la prioridad de la vida: un mundo en que el hombre prefiere lo que es bueno a lo que es útil, y que honra a quienes pueden ayudarnos a aprovechar virtuosamente cada instante de nuestras vidas. La ética del trabajo keynesiana se conectaba así con la tradición romántica del trabajo artesanal, noble y comprometido; en todo caso el trabajo abundante era su pieza angular para producir prosperidad. La socialización de la economía sólo podía existir bajo la premisa del empleo. Y es este recurso el que continúa siendo escaso.

El avance técnico así como la planificación y acceso masivo de la ciudadanía a una educación avanzada, se han vuelto factores ineficaces para generar abundancia de nuevos puestos de trabajo. El sistema productivo, con su agenda de intereses y la aquiescencia de los ciclos económicos, continúa desbaratando los principios de equidad y progreso sobre los que aquellos factores son fundados originariamente. Esto provoca que la educación no pueda cumplir sus promesas, dado que el mercado sólo camina para satisfacer una Constitución al servicio de lo material. Y en el otro extremo, el cambio técnico, una vez destruye empleos rutinarios o en obsolescencia, está siendo mucho más lento de lo esperado para generar nuevos puestos de trabajo alineados con las nuevas necesidades tecnológicas.

La Administración de Barak Obama es plenamente consciente del problema que se cierne sobre EEUU en los próximos 10 años: crear empleos de calidad, y es por ello que ha puesto énfasis, al menos retórico, en impulsar una campaña que traslada el mensaje “Los estudiantes inventan el futuro”. La épica a la que aspira una etiqueta tan prometedora consiste en salvar la creencia y hacer crecer la confianza en que EEUU sigue siendo la mayor superpotencia intelectual del mundo, pero lo que realmente encierra es el temor a no poder mantener ese sueño entre sus bases, mientras orienta el esfuerzo de becas y subvenciones públicas en potenciar el rendimiento y la vocación de los estudiantes dentro del paquete de asignaturas STEM (Science, Technology, Engineering , Mathematics), con el objetivo de ser capaces de suministrar suficiente mano de obra a las industrias tecnológicas de Palo Alto y Silicon Valley.

El modo en que la gente piensa sobre el futuro afecta directamente a la forma en que se comportan en el presente. Trasladado al escenario sobre cómo perciben su porvenir los jóvenes, suele darse una correlación entre los estudiantes que consideran que tener educación superior es la causa principal para tener un futuro lleno de oportunidades, y su inercia hacia realizar esfuerzos extraordinarios durante su periplo por la escuela (me refiero a todo tipo de actividades extracurriculares que aporten valor a su currículum). Por consiguiente, se establece, en términos generales, una proporcionalidad entre la confianza en el futuro y la productividad actual en términos educativos.

El experto de Gallup, Jim Clifton, lleva varios años advirtiendo que la próxima guerra mundial no será una guerra por el talento de los perfiles más creativos, sino una guerra por un empleo digno. A su juicio, la mayor red de seguridad para mantener la paz y el desarrollo social y tecnológico radica en el empleo, dado que lo que ha permitido el nivel de bienestar del que ha venido disfrutando el mundo industrializado, ha derivado de la creación de 1.800 millones de puestos de trabajo formales en los últimos setenta y cinco años.

Todo ello nos enfrenta a un escenario de movilización trascendental suscitado por un modelo económico de competencia global: si un país no es capaz de crear puestos de trabajo, su sociedad se vendrá abajo, y las ciudades donde vivimos serán el campo de batalla donde se podrá contemplar con mayor virulencia la inestabilidad, el sufrimiento y el deterioro moral que el desempleo trae consigo.

El problema principal de liderazgo al que se enfrentan los gobiernos y los partidos políticos de Europa y EEUU para mantener a flote y sin revolucionar nuestro sistema de democracia representativa, recae en si serán capaces de frenar y recuperar el enorme volumen de potencialidad humana que se está perdiendo, personas en edad de trabajar que van cayendo progresivamente en la desesperanza y en una infelicidad peligrosa para la estabilidad institucional. Y esa infelicidad es fácilmente diagnosticable: “Necesito un buen trabajo”. Y en la mayor parte de los casos hay muy pocas posibilidades de que puedan conseguir uno. Veamos unas cifras para resumir:

De los 7.000 millones de personas que habitan la Tierra, hay 3.000 millones que están trabajando o que quieren trabajar. La tensión brutal surge porque sólo hay disponibles 1.200 millones de puestos de trabajo a tiempo completo y con una retribución formal (una nómina sujeta a fiscalidad y a derechos de prestaciones sociales). El déficit es atronador. ¿Qué se hace con un ejército de reservas y de empleos precarios que asciende hasta los 1.800 millones de personas?

La reflexión de fondo se dirige a tomar conciencia de que tener, por ejemplo, un índice de paro juvenil en la UE del 26%, puede provocar en breve que la influencia ejercida por la política, la cultura, la fuerza militar, la religión y los valores morales para mantener la cohesión social y geoestratégica, termine por ser sencillamente diferente y con ello, que todo cambie.

De esta manera, aspectos como los derechos humanos, la investigación con células madre, los derechos de los homosexuales, la igualdad de las mujeres en el lugar de trabajo, etcétera, tendrán impacto no tanto en la medida en que afecten a elementos culturales sino en relación a cómo afecten al crecimiento del empleo. Y el efecto final que esto puede generar en la calidad de la democracia y en los mecanismos para mantener el equilibrio moral y la redistribución de la riqueza es algo que está por ver. Hay predicciones extremadamente optimistas que esperan que el PIB mundial crezca desde los 71 billones de dólares actuales hasta cerca de los 200 billones de dólares hacia 2040. La guerra radicará en la cuota que será capaz de absorber cada país procedente de ese supuesto y enorme crecimiento, lo que tendrá una relación directa con el número de buenos trabajos que cada cuál será capaz de generar.

Y mientras tanto ¿qué líneas de trabajo se podrían impulsar para contrarrestar la epidemia? Los jóvenes tendrán que ser agentes auto-motivados, dispuestos a asumir toda la responsabilidad de su propio aprendizaje y del desarrollo de sus habilidades. Tendrán que entender cómo crear valor y actuar como los empresarios de sus propias carreras. Ésta parece ser la única opción de supervivencia que el poder le está permitiendo a los gobiernos en aras de la sostenibilidad: retirar el espacio del “Estado Benefactor” y, a cambio, aumentar el espacio para que el mercado se desenvuelva, dado que la unidad de acción social no es el ciudadano sino el consumidor, incluida la nueva figura del consumidor de educación y formación.

Y es justo aquí, cuando admitimos este diagnóstico como una realidad inevitable, donde anida la crisis de la esperanza que nos rodea, y que se mantendrá perenne si en esa carrera por sobrevivir la brecha entre ricos, pobres y marginales se acelera, si la diferencia de recursos y calidad entre la educación pública y la privada se agudiza, y si la agenda social termina por ser incapaz de activar un marco igualitario material y cultural que la prevenga.

Hemos de ser conscientes que desde mucho antes del inicio de la crisis, las políticas sociales para paliar la pobreza en Occidente no se estaban dirigiendo hacia el objetivo de erradicarla, sino al propósito mucho menos exigente de hacer retroceder el número de personas con derecho a prestaciones bajo esa condición. Es decir, ahorrar. Y la carrera por el ahorro continúa. La lucha contra el desempleo, si se enfoca simplemente como una lucha por sacar personas de la estadística -algo que es lo que parece por el tratamiento de los datos que hacen algunas instituciones y medios de comunicación- con el fin de recuperarlos como consumidores activos para pagar sus créditos, perderá sus posibilidades curativas para mejorar el perfil moral del conjunto de la sociedad.

El filosofo francés Alain Finkielkraut nos recordaba lo que puede suceder si se pierde el norte ético en las relaciones sociales, contaminadas por el pragmatismo material, y señalaba cómo “la violencia nazi fue ejercida no porque gustara, sino por respeto al deber, no por sadismo, sino por virtud, no dando rienda suelta a impulsos salvajes, sino en nombre de valores superiores, con competencia profesional y teniendo siempre presente la tarea por cumplir”.

La agenda personal que mencioné al principio que debemos tener todos nosotros activada ha de aspirar a ser una ética para la vida y no sólo una ética para el trabajo. Y eso es lo que se debe demandar a la agenda social que gestionan las instituciones públicas: la indiferencia moral no puede ser el acompañante de las soluciones racionales.

O de lo contrario, y parafraseando a Zygmunt Bauman, las víctimas de esta guerra por lograr un buen empleo no serán únicamente los jóvenes sino “la humanidad de los que sobrevivan a la muerte”. Por ello, me gusta imaginar que los jóvenes que luchan ahora por no ser los “nuevos pobres” serán mejores que nosotros en su lugar.

¿Qué modelos de sociedad sustentamos? 

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